jueves 23 de febrero de 2012

CAPITULO 157

Las movilizaciones frente a la Comisaría habían comenzado a hacerse costumbre, y se retroalimentaban por culpa de los medios de comunicación nacionales que poco a poco estaban llegando a Villa Cualquiera.

Un extraño e inédito paisaje podía observarse en la plaza, con móviles de distintos canales de televisión, radios y diarios. Los aparatos que podían verse eran extraños, y el cablerío atraía a los chicos. Ya no era necesario esperar una nueva convocatoria porque la movilización se estaba convirtiendo en permanente, y el clima febril se hacía contagioso. Como nunca la gente corría de acá para allá, como los reporteros de los medios que buscaban a cualquier precio una nota, una primicia. Querían saber.

En la plaza acampaban los técnicos, y los chicos de cuarto año del colegio se avivaron que era una gran oportunidad para juntar plata. Los varones instalaron un hornito pizzero y despachaban sin cesar pizzas de muzzarella, gaseosas y cervezas. Las chicas freían tortas fritas, para seguir la tradición.

Pero llegó desde la ciudad de Amarillas una noticia que enardeció a todo Villa Cualquiera.

Tras recibirnos declaración indagatoria, en la que poco teníamos para decir respecto del hecho que allí se investigaba, el Juez de Instrucción ordenó nuestro traslado a un nuevo lugar de detención, creyendo que con eso lograría desmovilizar al poblado.

Fue en ese momento en el que comenzó mi breve e intensa estadía en la Cárcel “modelo” de la ciudad de Amarillas, más conocida como la unidad penitenciaria número 13.

Lindo numerito le habían elegido.

miércoles 15 de febrero de 2012

CAPITULO 156

Se sentó frente a su máquina de escribir, esa que lo acompañó toda su vida. Cuando estudiante, la encontró en una casa de muebles usados a un precio increíble, y desde entonces cuidaba que cada letra se encontrara aceitada, calibrada, perfecta.

Era su máquina Remington, su máquina de escribir, su arma, pensaba y sonreía sabiendo que con su metafórica escopeta podía hacer más daño que con un viejo fusil de la misma fábrica.

El Juez persistía en su sonrisa mientras se encontraba frente a aquella única y perfecta máquina de escribir, y se descubrió pensando que los astros no podían hacérsela más fácil.

Le habían pedido que manipulara la investigación y la pusiera bien alejada de un cliente del estudio. Le habían dado un buen paquete como anticipo, y a los cinco minutos, le sirvieron en bandeja un perejil con antecedentes, y a un amiguito que se presentaba solo en la comisaría.

Todo eso sin tener que apretar, gritar, hacerse el malo. Todo eso caído del cielo.

“Cobré, resolví el caso… pan comido”, pensó cuando apoyó el papel en el rodillo de la máquina, y lo hizo girar hasta que el papel apareció del otro lado.

Después de tanto estudiar, de tanto esperar, de tanto rogarle a su padre, de tanto favor recibido, se encontraba en el lugar exacto donde quería estar. Aflojó el tabulador, puso la hoja derecha como siempre lo hacía, uniendo las puntas de cada extremo del papel, ajustó el carrillo y marcó el margen justo debajo de la “P” mayúscula de Poder Judicial.

Cuando comenzó a escribir, seguía sonriendo.

“///marillas, 31 de octubre de 1988.
Atento las probanzas reunidas en la encuesta, y el informe remitido por Policía Cientifica, obrante a fs. 145/167, habiéndose conformado en el suscripto el estado de sospecha que requiere el código ritual, recíbasele declaración indagatoria a Sergio Paredes y a Agustín Molina, en la audiencia del día 3 de noviembre de 1988.

A tal fin, dispóngase el traslado de los detenidos, a primera hora y en el primer camión, librándose para ello, el correspondiente despacho teletipográfico.

Notifíquese al Sr. Defensor Oficial”

Pan comido, volvió a pensar.

jueves 9 de febrero de 2012

CHAU FLACO!




Cuidame al Carpo, a Miguel Abuelo, a Federico, a Luca, y a ese par de amigos que tengo allá.
Te vamos a extrañar.

miércoles 8 de febrero de 2012

CAPITULO 155

Mauricio cruzó todo el pueblo, de punta a punta, desde la casa de los viejos Riveri hasta el casco del campo de los Ugabilerrea. Pasó frente al club, la comisaría y tomó el camino real no pavimentado a paso firme.

Comenzó a llover pero no fue una lluvia común.

Era octubre, y cualquiera que sea preguntado qué pasó aquel día en el pueblo, aún cuando ya pasaron más de veinte años te responderá tres cosas: llovió copiosamente, con intensidad durante media hora, y luego escampó. El cielo estaba rojizo, anaranjado casi. El sol cayó con luces que rebotaban en las nubes negras que ya habían hecho su descarga.

Mauricio llegó a la casa. Creyó estar solo, y se sacó la camisa empapada.

La Ángela lo estaba mirando, y vio las heridas que tenía en los brazos y en la espalda. No preguntó nada, y se acercó con un paño limpio y húmedo. Lo miró a los ojos, y siguió callada. Limpió las heridas con cuidado. Continuó su silencio cuando entró a la casa y trajo una remera blanca limpia, y el paño enjuagado. Se acercó aún más a Mauricio, y lo besó en la boca.

No hizo preguntas. No necesitaba respuestas.

Mauricio todavía tenía una gran carga de adrenalina, y necesitaba de la boca de la Ángela, pero no quería hacer nada para que no lo desplante como la última vez. No la iba a forzar, la dejaría hacer.
La joven se acercó al oído de Mauricio y le dijo “la de la carta fui yo”.

Se besaron, se acariciaron, hicieron el amor en la galería de la casa.

A Mauricio no le importó que lo vieran. Ángela sabía que no había nadie.

Terminaron en silencio.

Mauricio tomó todas sus cosas, y se fue de la casa.

En silencio.

Y también se fue de Villa Cualquiera.

Nunca más se lo vio ni se supo de él.

Ángela tampoco supo que se había ido, ni que esa era la única y última vez que tendría en sus brazos a Mauricio Longobucco.

Había decidido irse solo, sin decir a dónde.

miércoles 1 de febrero de 2012

CAPITULO 154

Los sonidos te cambian el ánimo.

Algunos aterran, como el vuelo de un avión de guerra cuando pasa y rompe la barrera del sonido y deja un trueno sin relámpagos ni tormentas. O las sirenas, de cualquiera de los tres colores.

Otros apenas si irritan: una obra en construcción sobre tu medianera, el colectivo cuando acelera, el llanto de un bebé a las tres de la mañana, o la alarma del ascensor cuando algún pavote dejó la puerta abierta.

Por suerte, están los otros, los que te llevan sin escalas a lugares decididamente agradables. El gorjeo de pájaros, la chillería de chiquillos que te despiertan de la duermevela matinal que unos malhumoran y a mí me hacen reír desde el recuerdo, el crepitar de la llama bien encendida de una estufa que devuelve el calor al cuerpo, el correr del agua entre las piedras, el galope de un caballo en una calle de tierra, el chillar de la chicharra a la hora de la siesta, el chirriar del mecanismo del molino cuando bombea agua fresca.

Yo, que huelo poco, un poco por mis alergias, otro poco por la vida, también tengo un puñado de olores que me transportan. El pasto recién cortado, el café recién hecho, un fajo de billetes nuevos.

Pero las palmas de los olores se lo lleva la tierra mojada, esa que según Guillermo Hudson, el perfume fresco y penetrante de la tierra húmeda produce el excitante efecto que te llena de salvaje alegría.

Más aún, siento que el aroma de tierra mojada se anticipa a la caída de la primer gota, y aún antes llover comienza a sentirse esa desaforada sensación del agua y de la vida.

Ese, y no otro, es el olor que me remonta a la tarde del 26 de octubre de 1988, que crucé el pueblo pedaleando una bicicleta prestada, aterrado por un par de gritos, aliviado por haber escapado raudo de la escena, y por llegar a tiempo a la última hora de clase.

Aunque en definitiva, todos los sonidos, todos los olores que evoco, me llevan al único pueblo que tiene una plaza que no se llama San Martín, y que además, la ruta de acceso se transforma en su calle principal que lleva el nombre de José Hernández, y empiezan a nacer certezas, y a entender que uno no es ni de donde tiene sus muertos, ni de donde necesita tener noticias, ni siquiera de donde sabe que va a llover al otro día.

Y empiezo a dudar si uno en realidad no debe ser de aquel lugar donde, aún vendado, por sus sonidos, por sus olores, sabe que llegó.

miércoles 25 de enero de 2012

CAPITULO 153

Mis compañeros del Centro de Estudiantes junto a los profesores que dirigían “La Voz de Villa Cualquiera” empezaron a organizar una marcha mejor y más numerosa, que pudiera lograr torcer la voluntad policial de mantenernos detenidos.

Hasta ese momento se creía que el Principal Hernán Pérez se había cortado solo, y que todo este teatro lo estaba llevando adelante con el único fin de mostrarse ante el Juez de la causa como un investigador eficaz. Hasta ese momento se seguía creyendo en la ecuanimidad del Juez de la ciudad de Amarillas, en tanto Magistrado poderoso y sabio, quien al ver las marchas y las pruebas del caso, ordenaría la libertad de los detenidos.

Por todo eso es que se creía aún en el poder de la marcha convocada para la tardecita, la hora en la que todos terminaban sus tareas y volvían del campo. Como todavía no hacía tanto calor, aún cuando noviembre venía más bien pesadito, la protesta parecía que esta vez estaba mucho mejor organizada.

Los contactos de los editores del periódico habían logrado su cometido. Ellos se jugaban mucho más que el éxito de una convocatoria. Se estaban jugando la continuidad del negocio periodístico, e incluso la propia permanencia en Villa Cualquiera.

Un viejo amigo de los profesores había logrado colar en las páginas de policiales del diario matutino más leído en la Capital Federal una nota, en la que se exageraba la movilización y la indignación del pueblo por las injustas detenciones.

También dejó trascender la nueva movilización.

Ello se tradujo, inmediatamente, en una verdadera multitud frente a la comisaría, que ahora sí, se había constituido en asamblea, solicitando las libertades.

La nota había logrado su cometido fronteras adentro del pueblo, porque tocó el orgullo de ser un Cualquierense, fronteras afuera, porque puso a Villa Cualquiera en el mapa, y todas las miradas del país estaban sobre nuestro pueblo.

Como ninguna autoridad los recibió, ni acusó recibo, decidieron una nueva movilización, ahora para el domingo tras la misa de 10.

El viejo amigo porteño se había hecho presente en esta última asamblea, por lo que en la edición del sábado del diario Clarín, no sólo se nombraba a Villa Cualquiera y al caso, sino que además la nota estaba acompañada por una fotografía de la convocatoria y algunos testimonios de los concurrentes.

Al Peloe y a mí apenas si nos llegaban los insistentes murmullos de la muchedumbre en las afueras de la Comisaría. Al calabozo no llegaban demasiadas noticias.